Andalucía, la Bética, al-Andalus..., palabras compuestas por los paisajes que hombres y mujeres han ido construyendo para la historia, con tantos hogares como territorios lejanos, tantas ciudades como campiñas, tantas sierras como costas, tantos bosques como desiertos, y todos tienen algo familiar y distinto, un trozo ya vivido, que lo diferencia.
Andalucía está formada por retazos de tierra alimentada por los que llegaron, y por los que se fueron, por los que quedaron, por los que marcharon, por los del norte, y por los del sur, por el Atlántico y por el Mediterráneo. Y estas huellas permanecen, en la vista y en el oído, en el tacto y en el olfato, en los deseos y en los sueños, en el paladar y en los pensamientos.
Observa y verás a tu alrededor, las dehesas de la Sierra de Aracena, donde encinas y cercados son testigos mudos de los que desde antaño compartían la siembra con los alcornocales y el cuidado de los animales Gamón de Jabugo, denominación de origen), entre los pueblos escondidos, dominados por castillos (Cortegana) e iglesias de piedra (Iglesia de los Templarios de Aracena). Algunos aún sostienen testimonios de villas romanas (Cortelazor), de mezquitas andalusíes (Almonaster), de olor a castañas recién tostadas.
Al pie de las sierras queda el recuerdo de miles de hombres que han escarbado en la tierra, para extraer tesoros de mineral (museo de Huelva), para construir un paisaje a cielo abierto, cara a cara con el tiempo (museo y minas de Riotinto). Estos pasos descienden al mar en vagonetas de tren hasta el cargadero de la ría onubense (barrio Reina Victoria de Huelva), oliendo a mar, a marisma en el Rocío, a tierra roja, a cielo azul, y a Atlántico.
El Atlántico, que se mira en sus playas, desde Ayamonte hasta Cádiz, escuchando los destinos, como el de Cristóbal Colón (Huelva, sitios colombinos; Monasterio de la Rábida), como el de Juan Ramón Jiménez, mirando al final de su vida desde el otro lado del océano (casa natal del poeta, Moguer), y otros tantos que partieron esperando volver. VoM'an los barcos, no todos, a la Bahía de Cádiz, allí hay tantos galeones de oro, dormidos en silencio, queriendo ver el malecón de colores, la catedral, las calles de la ciudad fenicia (museo de Cádiz), y las torres mirador, desde las que esperan los fantasmas de ida y vuelta.
Y más al sur, lamiendo las aguas del Estrecho, venidos de lejos, muy lejos, los esperaban en las almadrabas antiguas, los atunes de plata (fábricas conserveras de Barbate; piletas romanas de salazones en Baelo Claudia, Bolonia), antes alimento de marinos, tesoros hoy de los mares perdidos. Entre la costa y la montaña, hay un paisaje esculpido en blanco, donde hay calles imposibles, colgadas de los castillos, dominando los montes, los ríos y los pinsapos, los árboles más antiguos de Europa y los pensamientos más remotos, que están encaramados en los pueblos encalados, los pueblos blancos de la Sierra de Cádiz (Zahara de la Sierra, Grazalema...).
Andalucía está formada por retazos de tierra alimentada por los que llegaron, y por los que se fueron, por los que quedaron, por los que marcharon, por los del norte, y por los del sur, por el Atlántico y por el Mediterráneo. Y estas huellas permanecen, en la vista y en el oído, en el tacto y en el olfato, en los deseos y en los sueños, en el paladar y en los pensamientos.
Observa y verás a tu alrededor, las dehesas de la Sierra de Aracena, donde encinas y cercados son testigos mudos de los que desde antaño compartían la siembra con los alcornocales y el cuidado de los animales Gamón de Jabugo, denominación de origen), entre los pueblos escondidos, dominados por castillos (Cortegana) e iglesias de piedra (Iglesia de los Templarios de Aracena). Algunos aún sostienen testimonios de villas romanas (Cortelazor), de mezquitas andalusíes (Almonaster), de olor a castañas recién tostadas.
Al pie de las sierras queda el recuerdo de miles de hombres que han escarbado en la tierra, para extraer tesoros de mineral (museo de Huelva), para construir un paisaje a cielo abierto, cara a cara con el tiempo (museo y minas de Riotinto). Estos pasos descienden al mar en vagonetas de tren hasta el cargadero de la ría onubense (barrio Reina Victoria de Huelva), oliendo a mar, a marisma en el Rocío, a tierra roja, a cielo azul, y a Atlántico.
El Atlántico, que se mira en sus playas, desde Ayamonte hasta Cádiz, escuchando los destinos, como el de Cristóbal Colón (Huelva, sitios colombinos; Monasterio de la Rábida), como el de Juan Ramón Jiménez, mirando al final de su vida desde el otro lado del océano (casa natal del poeta, Moguer), y otros tantos que partieron esperando volver. VoM'an los barcos, no todos, a la Bahía de Cádiz, allí hay tantos galeones de oro, dormidos en silencio, queriendo ver el malecón de colores, la catedral, las calles de la ciudad fenicia (museo de Cádiz), y las torres mirador, desde las que esperan los fantasmas de ida y vuelta.
Y más al sur, lamiendo las aguas del Estrecho, venidos de lejos, muy lejos, los esperaban en las almadrabas antiguas, los atunes de plata (fábricas conserveras de Barbate; piletas romanas de salazones en Baelo Claudia, Bolonia), antes alimento de marinos, tesoros hoy de los mares perdidos. Entre la costa y la montaña, hay un paisaje esculpido en blanco, donde hay calles imposibles, colgadas de los castillos, dominando los montes, los ríos y los pinsapos, los árboles más antiguos de Europa y los pensamientos más remotos, que están encaramados en los pueblos encalados, los pueblos blancos de la Sierra de Cádiz (Zahara de la Sierra, Grazalema...).
De cal y vid son las bodegas antiguas, los vinos jóvenes más exquisitos, los sabores más cuidados (El Puerto de Santa María, Chiclana, Sanlúcar de Barrameda...), los preferidos de los caballeros ingleses, los que sonríen en las ferias, los que se encierran en los toneles mágicos, como los duendes de los deseos. Y entre el vino, las calles señoriales de Jerez de la Frontera, la ciudad cartujana, la ciudad del flamenco, la de los caballos de raza. De aquí parten las dehesas de toros bravos (Medina Sidonia, Benalup...), las campiñas doradas, las figuras que se recortan negras en los caminos de Andalucía.
Los caminos de arena y sol, que también navegan por las aguas del río grande, al que llaman Guadalquivir. Aquí se asoman curiosas las murallas casi perdidas de las ciudades, las mil y una hijas de la campiña andaluza. Ciudades grandes como Sevilla y Córdoba, que se enseñorean con las viejas marcas de la madurez del tiempo (alcázar, catedral de Sevilla; mezquita, judería, Medinat Al Zahara de Córdoba), con las marcas nuevas de la aventura moderna, puentes de futuro. Ciudades medias dominando desde sus torres, sus iglesias, sus palacios (red de las Ciudades Medias) y sus leyendas, las urbes agrícolas de siempre, romanas (ruta bética romana),medievales, renacentistas, barrocas, ilustradas o decimonónicas, las cabeceras de comarca, ricas y hermosas, de hoy también.
Siguiendo los presagios del Guadalquivir se extienden poco a poco hacia Jaén, los mares de olivas (museo del aceite, Baeza), donde el renacimiento de piedra pulida (Úbeda y Baeza), construía aulas para el poeta Antonio Machado, senderos de sobriedad inmutable, aún se oyen sus pasos. Olivares, olivareros de Jaén, se ven desde los castillos de señorío (Baños de la Encina, Segura de la Sierra), la línea de batallas históricas hasta Castilla, el camino solitario de Despeñaperros, donde un visionario, Pablo de Olavide, de cuna americana y corazón universal, planeó ciudades ideales, pobladas por hombres y mujeres de utopía, el sueño ilustrado de América en la frontera de Andalucía.
Al sur, siempre el sur de la campiña, se extiende la sierra de Ronda, escondite de bandoleros, ladrones de diligencias, tanta tinta derramada, donde se encierra la ciudad del mismo nombre, custodiada por un tajo sin respiración, construida con tiempo, poblada desde siempre, si existe siempre (yacimiento romano de Acinipo, pinturas de la cueva de la Pileta), con susurros de escritores (Rilke, Hemingway...), con los paseos de los toreros en el ruedo más antiguo, el que vio sangre, dolor, llanto y aplausos por sus calles de ensueño.
Esta sierra se pierde antes de llegar al mar, al Mediterráneo, donde lamen su historia las aguas de fenicios, cartagineses, y bizantinos, los venidos de oriente, y los llegados del norte (museo de Málaga), aguas que ronronean los últimos nombres de sus playas, los que sólo hace dos siglos vieron entre las costas de Málaga y Granada, la modernidad (Azucarera de Motril), calles y ensanches del diecinueve, y nombres venidos de fuera, familias inglesas acomodadas en el sur (Jardines históricos de la Concepción y el Retiro), para esculpir el futuro, para pintar el tiempo que había de venir, el Picasso que habría de ser (Museo Picasso, Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, Museo del Grabado de Marbella), en los toneles de vino de Málaga, tradición y modernidad (Bodegas Antigua Casa de Guardia, el Pimpi).
Siguiendo el Mediterráneo, las costas ascienden solas, paso a paso al reino de Granada, aquel que anida entre las montañas coronadas, entre la nieve y la Alhambra, entre los cuentos de Washington Irving y los poemas de Federico García Lorca (casa natal; Huerta de San Vicente). Entre las tumbas de los Reyes Católicos y las lágrimas de Boabdil, que miran aún los jardines perdidos del Generalife, entre el Albayzín, y las cuevas excavadas que horadan el tiempo en un paisaje lunar (Guadix, Baza, Orce). El reino de Granada, escondido, encaramado a jirones en las Alpujarras, entre los pueblos escarpados, dormidos de tradiciones escondidas, donde quedaron guardados los secretos de la última Al Andalus, donde Gerard Brenan describió las vidas profundas de todos los días.
Y mirando al este, desde las cumbres, aún esperan ciudades milenarias (Los Millares, Almería), ciudades encontradas (Alcazaba de Almena), perdidas (castillo de los Vélez, Almería), paisajes erosionados, el desierto a las puertas de la luz, del mar, del cielo y del infierno (Parque Natural del Cabo de Gata), donde el agua se atesora (arquitectura tradicional del agua), se nutre y se cuida, paraísos excavados, paisajes inesperados.
Así es Andalucía, un trozo de nubes y arena, de mar y sierra, de poetas y jornaleros, de emigrantes y emigrados, de ciudades y campiñas, de historias y mitos, un algo hogareño y extraño, a la vez un poco de romano, un poco de oriental, una brizna de gitano, una brisa de mar, un rincón castellano, americano, y todo lo que queda por llegar..., igual y distinta a todo lo demás.